Referendum, corrupción, el mal menor y los radicalismos

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Por: Alberto Gálvez Olaechea

Ha sido un factor muy polarizante y tema de ásperas discusiones. Sendero llegó a tal punto que su eje estratégico era impedir las elecciones donde podían, y para ello no vacilaron en cortar el dedo a los eventuales infractores de sus disposiciones, asesinar candidatos y, recurrentente, autoridades electas. Para ellos hasta el voto viciado era revisionista, por lo tanto lo que correspondía era no votar, pues el solo hecho de hacerlo legitimaba el sistema. El MRTA fue en este aspecto más bien pragmático y a veces bipolar, como en 1990, cuando Néstor Cerpa salía en la TV llamando al voto viciado en las elecciones generales, mientras por otro lado procuraban insertar gente cercana en las listas de la IU. Hubo también, como no, quienes menos furibundos, pero más retóricos, como Patria Roja (1977–78) decían: “La lucha es el camino y no las elecciones”, equiparando “lucha” con acciones reivindicativas de los sectores sociales, pretendiendo contraponerla a la participación electoral.

Tres formas de vanguardismo, de una comprensión elitista de la acción política, que pretendía reemplazar la experiencia concreta de los ciudadanos, por las iluminadas ocurrencias de individuos convencidos de la certeza de sus propuestas y que pontificaban contra esas masas poco perspicaces.

Hoy nadie, felizmente, se aventura en alguna de las dos primeras opciones, pero la tercera pareciera querer resucitar, aupada en cierta desilusión de los sectores más radicales respecto al desempeño de la izquierda parlamentaria.

En este referéndum ha sido derrotada no solo la mayoría parlamentaria aprofujimorista, sino también quienes desde cierta izquierda apostaron por el “voto viciado”, cuestionado la insuficiencia de la consulta y rechazando lo que se ha llamado la tesis del “mal menor”.

Vale la pena recordar que fue en las elecciones de 1990 que aparece la llamada táctica del “mal menor”. Cuando en la disyuntiva Vargas Llosa-Fujimori (generada por la ruptura de la IU que así, por “mérito” propio, salió del juego y permitió el ascenso de Fujimori) la izquierda llamó a votar por el “Chino”, con las consecuencias conocidas, inaugurando lo que desde entonces ha sido una constante. De ahí en adelante, la izquierda, colocada en los márgenes y la irrelevancia por sus propio esfuerzo, estuvo yendo de tumbo en tumbo, de mal menor en mal menor.

Y es que mientras no se sea factor determinante, la agenda y las encrucijadas las pondrán otros y habrá que optar. Claro que siempre hay la posibilidad del refugio en el orden moral de los purismos. Hay momentos en los que esto no importa, pues los predicadores del abstencionismo suelen ser irrelevantes y hablan para sí mismos. Pero hay otros momentos en los que se juega demasiado para permitir el principismo gane protagonismo. En el actual referéndum el voto viciado era una opción quizá legítima, aunque ineficaz. Útil para mostrar disconformidad, pero poco relevante en términos de política práctica. Era evidente que el si, si, si, no, propuesto por Vizcarra y otros sectores democráticos y de izquierda se impondría claramente, por lo tanto viciar el voto era un gesto autoreferencial, destinado a la auto-satisfacción del gesto aguerrido.

Pero hay situaciones como la elección ajustada del 2016, en la que Verónika Mendoza se la jugó impidiendo un triunfo fujimorista, creando con ello el contexto que permite que hoy Keiko esté donde está. El problema no residía en que PPK fuera el facineroso neoliberal que todos sabían que era. Lo evidente (y la vida lo ratificó) era que el suyo sería un gobierno precario. El triunfo fujimorista por el contrario, hubiera consolidado a lo peor del autoritarismo y la corrupción, entronizándo en el poder a un partido que habría tenido todos los resortes para manejar el país a su antojo y cohesionar su proyecto a partir del control de los recursos del estado. Puede alguien en su sano juicio pensar que un triunfo fujimorista el 2016 hubiera sido lo mismo que el de PPK?

Pero regresemos al referéndum. Ya el resultado está, ha sido contundente y sabemos claramente quienes son los derrotados. Pero no es la misma situación en el caso de los vencedores. Este es y será un terreno de disputa, pues otros actores políticos jugaron un papel destacado y están en condiciones de reivindicarlo.

Sin duda Vizcarra como autor de la iniciativa tiene los mayores réditos, pero no posee el monopolio. Habrá la disputa por el sentido y los alcances del referéndum. Desde el gobierno pretenderán dar legitimidad a sus políticas, entre ellas seguramente su reforma laboral neoliberal, pero desde la izquierda en particular se puede y se debe levantar un plan político que apunte a la Asamblea Constituyente y a la reforma política democrática, al mismo tiempo que prepara la resistencia a las eventuales medidas anti-populares. Habría sido un craso error que el grueso de la izquierda, y en particular su principal figura Verónika Mendoza, se hubiesen puesto de perfil o peor que hubiesen planteado el voto viciado. Ahora, con la autoridad de haber contribuido a este resultado, le toca emplazar y empujar por la profundización de la reforma.

En el terreno político, el referéndum ha dado un golpe demoledor a la mafia corrupta que maneja el parlamento y otras instituciones, y eso es crucial. Dejar que sean los jueces y fiscales quienes asuman el protagonismo de la lucha anti-corrupción es una abdicación. No se puede decir “Y ahora quién podrá defendernos?”, esperando que aparezca Chapulín para sacar las castañas del fuego. La corrupción es un tema penal, sin duda, pero es ante todo un asunto político. El pueblo lo ha entendido así y en buena hora. Corresponde profundizar la politización del tema y a partir de eso, ir al cuestionamiento del sistema. Hacer que el pueblo participe en las decisiones siempre será saludable.

Hay quienes objetan que se haya aceptado tal cual el esquema de Vizcarra. Olvidan que el objetivo político del referéndum fue enfrentar al parlamento controlado por el fujiaprismo y que hasta el 28 de julio de este año se sentía todopoderoso y que en su afán de boicotear un referéndum, que sabían los ponía contra las cuerdas, intentaron aumentar los temas de consulta y hasta distorsionaron la cuarta pregunta, lo que llevó a que se la castigará con el no. Había pues que poner candados frente a los afanes saboteadores. Aunque sea más que evidente, no perdamos de vista que llegamos a este resultado político no por un auge de las masas movilizadas, sino por el golpe de timón dado por Vizcarra el 28 de julio, y que sorprendió a tirios y troyanos.

Ahora bien, la historia recién comienza. Se cierra una etapa y se abre otra. Está por verse el rumbo del gobierno tras el referéndum. Si el curso es el que se vislumbra, de una ofensiva anti-laboral, los que tienen que prepararse para resistir y derrotar estas reformas que se anuncian son los propios trabajadores, y a la izquierda con ellos. Y eso será en las calles o no será. Hay cosas que el voto ciudadano posibilita, otras que no, por lo menos en cierto momento de la historia.

Hay quienes se preguntan en qué ayudó el referéndum a hacer avanzar el proyecto de la constituyente y en politizar a la gente. Podemos enumerar algunos logros: 1) se han producido los mayores cambios a la Constitución del 93 en sus 25 años, lo cual la perfora y prueba que se puede, y se debe, cambiarla por completo; 2) los ciudadanos han sido consultados y han sabido orientarse en medio de una situación algo confusa, definiendo con claridad a quien quieren golpear; 3) ha despejado el camino, reflejando en el plano político lo que se está produciendo en el plano judicial, de modo que aprismo y fujimorismo son dos bestias heridas y, con alguna ayuda, podrían ser cadáveres. No es una revolución, pero despeja el panorama de lo más sucio de la política peruana. Es antes que culminación, apenas el inicio, pero un buen inicio.

Tenemos que añadir, para ir cerrando, que es detestable el “mal menor”, pero más detestable aún es aquello que lleva a tal disparadero. Si la IU no se hubiera dividido en 1990, no se habría iniciado este ciclo fatal. Si en las elecciones del 2016 Gregorio Santos hubiera retirado su candidatura y llamado a votar por Verónika Mendoza, esta habría pasado a la segunda vuelta y el “mal menor” no habría aparecido en el horizonte.

Corresponde pues, en lugar de discursos grandilocuentes y del lanzamiento de agravios que envenenan las relaciones entre compañeros, de trabajar de manera tenaz, generosa y eficiente, en construir la fuerza capaz de afrontar las batallas de hoy y la que deberá darse el 2021.

El voto es también un arma de lucha, y hay que usarla con inteligencia y eficacia. Como suele ocurrir en todo enfrentamiento prolongado, si no estás en condiciones de ganar, por lo menos impide que se consolide tu enemigo principal, aíslalo, rompe sus alianzas. Esto lo recomendaba, hace ya 2000 años, ese formidable estratega chino llamado Sun Tsu.

Lima 10 Diciembre del 2018

Fuente:  medium.com/@albertoglvezolaechea

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