SEMANA SANTA EN EL CUSCO DEL SIGLO XIX – Memorias de Luis E. Varcárcel

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luis-e-varcacel1Luis E. Varcárcel ha contribuido de manera esencial al esclarecimiento de la historia del Perú antiguo y a revelar, a través de la investigación, la multiplicidad cultural del Perú.

A continuación les ofrecemos un fragmeto de las Memorias de Luis. E. Varcárcel sobre la Semana Santa en el Cusco del siglo XIX, un breve texto que nos sumerge en una realidad que se ha ido modificando, costumbres que se han ido perdiendo y otras que se han mantenido en el tiempo.

El Cusco de comienzos de siglo

Martin ChambiLa Semana Santa era el momento culminante del año en materia de celebraciones religiosas. El acto principal era la procesión del día lunes, en que el Señor de los Temblores recorría la Plaza de Armas entre las invocaciones de los fieles y las rogativas en quechua de la gente del pueblo. Se veía la imagen del Señor entre el humo de los cirios, doliente y cubierta de lágrimas rojas, como si manara sangre de su cuerpo, debido a las flores rojas del k’antu, que los niños recogían y arrojaban sobre el anda cuando abandonaba la Catedral. Se trepaban a lo alto de las puertas y desde ahí bañaban con flores a la venerada imagen. El lapso que duraba la procesión era el momento culminante de la religiosidad cusqueña. Blancos, mestizos e indios se juntaban en las calles participando todos de un fervor realmente conmovedor inclusive para quienes, como yo, no era religioso ni mucho menos. Los indios acudían desde sus provincias, agrupados por parroquias, y antes de que el Señor apareciera, se reunían en gran número en la Plaza de Armas, frente al atrio de la Catedral. Cuando las andas aparecían se producía una inmensa manifestación de duelo. Poco a poco la imagen se hundía en la multitud entre un coro de ayes y llantos.

Pero lo realmente terrible venía después, cuando el Señor luego de su recorrido y de haber recibido el homenaje de los fieles, retornaba al templo cerca de las seis de la tarde. Por detrás de la torres de la Catedral comenzaba a levantarse la luna produciendo sobre la multitud un efecto extraordinario. Su luz alumbraba a toda esa masa vestida con ropas oscuras y mientras el anda cruzaba el atrio llantos y oraciones llegaban al clímax. Cuando la imagen era volteada hacia el público, a manera de despedida, se llegaba a un verdadero paroxismo, la gente caía de rodillas, los indígenas se cubrían las caras con sus ponchos y se ocultaban unos tras de otros como protegiéndose de la mirada del Señor. Intrigado muchas veces pregunté a varios indígenas la razón de esa actitud, ellos consideraban que al retirarse el Señor señalaba a los que habrían de morir ese año, por eso había que ocultarse de su mirada.

Una vez que la imagen retornaba al templo ocurría algo realmente singular, era el momento en que el pueblo sancionaba a algún personaje que no hubiese cumplido con sus obligaciones, así fuese el alcalde o cualquier autoridad. Se producían ataques verbales primero y luego la emprendían a pedradas contra la casa del culpable. La policía tenía que ponerse de inmediato en movimiento para evitar que las cosas tomaran proporciones mayores. Presencié el apedreamiento de la casa del médico titular del Cusco, Antenor Velasco, hombre bondadoso, injustamente acusado de hechos que no eran de su incumbencia, y que recibió sin embargo el castigo de la turba. Todo ello fue obra de los mozos del cura Palomino, encargados de la ejecución del castigo a traidores e incumplidos. Así como algunas veces se cometían injusticias, en otras ocasiones los políticos se aprovechaban de la situación para atacar a sus enemigos, eso fue lo que ocurrió con el doctor Velasco. Era impresionante la reacción colectiva que esa ceremonia religiosa provocaba y que luego se continuaba en reuniones caracterizadas por el generoso consumo de bebidas alcohólicas. De otro lado, la misma imagen del Cristo ejercía una tremenda impresión bajo la lluvia de flores de k’antu, que semejaban lágrimas que surcaban suavemente su rostro, como el sudor del que había trabajado y sufrido en demasía cargando los pecados del mundo, eran las gotas de sangre que se deslizaban de la frente castigada por las espinas de su corona. La masa veía al Señor de los Temblores como al Redentor que venía a castigar a los culpables y a salvar a los justos, a honrar con su mirada tierna a los sin mancha y a herir con el suplicio más grande a los que habían desoída sus advertencias. Por eso era tan grande el temor de los indios a su mirada, la que encontraría en ellos la mancha que les haría merecer la muerte como fatídico castigo. De ahí entonces la agitación de la turba, que siguiendo la ira divina castigaría a la autoridad cusqueña que había incumplido las obligaciones impuestas desde el cielo por el derecho divino. Era un dios del terror y del castigo el que los indios sentían en lo más íntimo de su corazón.

_DSC6514De la manifestación religiosa también se generaban actos de tipo sexual. Algunas parejas desaparecían de la ceremonia y aprovechaban para celebrar el ritual teniendo relaciones, lo que nunca se les hubiese ocurrido en la vida diaria. En pleno éxtasis los mestizos solían incitar a las cholitas a la sexualidad. En verdad la ceremonia tenía tal carga psicológica que se generaba una catarsis de llanto y sufrimiento, de arrepentimiento y desesperación, transformándose luego en una grave histeria masiva que desembocaba en la violencia o la sexualidad, exacerbada por el excesivo consumo de licor.

El Martes Santo se realizaban oficios en la Catedral, muy concurridos, y el Miércoles Santo tenían lugar otros. Jueves y Viernes Santo eran feriados, días en los que no se abrían los negocios que seguían cerrados el Sábado de Gloria y el Domingo de Pascua. En estos tres días se realizaban actos importantes en las iglesias, en la Catedral por ejemplo, tenía lugar una ceremonia de raigambre colonial, denominada la Reseña. Los canónigos se tendían de cara al suelo por largo rato, orando a Dios por el perdón de sus pecados. El Jueves Santo, las autoridades, como el Prefecto del Cusco, el Presidente de la Corte, el Alcalde y otros funcionarios llevaban en procesión el Santo Sacramento, en custodia de oro, de la Catedral a la vecina Iglesia del Sagrario, guardando las llaves el Prefecto, y allí quedaba hasta el Sábado de Gloria en que regresaba a la Catedral.

El Jueves Santo se visitaban las iglesias, haciendo el recorrido de las siete estaciones para ver las mejor presentadas. Terminada la visita la gente se recogía en sus hogares. Entre 6 y 10 de la noche solían recorrerse las iglesias, frente a las cuales se formaban largas filas de fieles, las calles se llenaban de gente, había entre 4 ó 5 mil personas entrando y saliendo de las iglesias. En la mañana del mismo día había en la Catedral otra concurrida ceremonia, en la que el Obispo realizaba el lavado de pies a doce mendigos que representaban a los discípulos de Jesús.

El Viernes Santo salía de la Catedral la procesión del Santo Se-pulcro, y daba una vuelta por el contorno de la Plaza de Armas para luego retornar al templo. Era una procesión muy selecta, en la que los personajes de la ciudad se turnaban para cargar las andas. Toda la demás concurrencia estaba vestida de negro y portaba cirios encendidos.

Entre tanta seriedad había algo que me causaba mucha gracia. El viernes, hacia las tres de la tarde, tenía lugar en el convento de Santo Domingo una ceremonia que recordaba la muerte de Cristo en la cruz. Tenían allí un crucifijo cuya imagen tenía la particularidad de mover la cabeza; de manera que llegado el momento preciso un sujeto ubicado detrás de las cortinas hacía que la imagen inclinara la cabeza señalando el momento en que Cristo dio su último suspiro. A pesar de que asistía a dicha ceremonia con intenciones serias no podía impedir la sonrisa.

Anunciando el advenimiento del Sábado de Gloria todas las campanas del Cusco tañían al mismo tiempo, destacando los redobles de la famosa María Angola, cuyo sonido se escuchaba hasta 9 kilómetros a la redonda. Era un momento del que todos estaban pendientes, de que dieran las nueve de la mañana, en que se escuchaba el primer tañido anunciando que el Señor se levantaba y ya estaba caminando. Terminado el repique había concluido la Semana Santa y se iniciaban las fiestas de Pascua de Resurrección. Se organizaban festejos familiares que daban lugar a grandes comidas, en las que la gente se daba el abrazo de Pascua, mientras que en el mercado se hacían intercambios.

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