Los peruanos “hablan bien”

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Por: Gustavo Faverón Patriau

Ayer, una periodista colombiana difundió un tuit en el que se burlaba de una congresista tumbesina que usaba la palabra “haiga” en vez de “haya” para conjugar la tercera persona singular del verbo haber en subjuntivo presente. No menciono el hecho de que sea colombiana por un impulso xenofóbico, sino para hacer notar una cosa: en su castellano cotidiano, esa periodista tiene una enorme cantidad de usos dialectales diferentes de los usos limeños y peruanos en general y estoy seguro de que nadie en el Perú se burla de ellos. No se burlan porque probablemente el castellano que ella habla goza de cierto prestigio entre nosotros. De hecho, goza de un gran prestigio en Colombia: muchos colombianos están convencidos de que su castellano “es el más puro” de todos. Cosa rara, que nos deja mal parados a muchos, pero que además es muy tonta y que solo puede basarse en la aceptación de una especie de jerarquía lingüística en la que ciertas formas dialectales son más apreciadas que otras.

Es conocido, por ejemplo, que en Chile, en una época, tener un empleado doméstico peruano podía ser muy elegante, debido a que los chilenos tienen con su español una relación contraria a la de los colombianos con el suyo: muchos chilenos creen que “hablan mal” y que, por contraste, los peruanos “hablan bien”: un mayordomo, un mozo que “hable bien” es un signo de distinción. En el Perú nadie se burlaría de los usos dialectales argentinos, al menos los usos de Buenos Aires, porque también son bien vistos (cantamos canciones de Soda Stereo y decirmos “sho”, “sha sabés”). De hecho, tenemos dos generaciones de periodistas deportivos empeñados en hablar como argentinos, porque al parecer el español argentino es más cool, más divertido y ciertamente más apto para hablar de fútbol. No es una cosa que solo pase en el Perú. Los Beatles, ingleses, cantaban sus canciones, casi siempre, con acento americano, porque para ellos el rock’n’roll era música gringa y había que cantarla como gringo. Tal vez algunos de ustedes hayan notado que Aldo Mariátegui usa “le” y “les” de la manera en que se usan en Madrid: “Adoptar esa ley le perjudicará”, por ejemplo. Mariátegui lo hace conscientemente. Eso se nota en el hecho de que su “leísmo” es más frecuente por escrito que oralmente. En ese caso su elección es un poco más patética, porque implica la creencia de que la gramática española europea debe ser “mejor” que la peruana. Es un complejo. El problema con armar todas estas jerarquías entre formas dialectales, es que de ellas surge la discriminación lingüística. Hace muchos años Cecilia Valenzuela se mofaba de que Máximo San Román, vicepresidente de la República, arrastrara las erres, como errshes, a la manera andina (eso se llama “asibilar” la erre, volverla sibilante, es decir, hacer que suene parecida a una ese). Decía que el castellano de San Román era “motoso”. Se sorprendería de saber que, hace solo tres o cuatro generaciones, eran la aristocracia y la élite intelectual limeña las que arrastraban las erres sibilantes: don Aurelio Miró Quesada (yo hablé con él) o Raúl Porras Barrenechea, por ejemplo, porque esa pronunciación era la más prestigiosa.

Hace menos años, Mariátegui se reía en primera plana de Correo del español de la congresista Hilaria Supa, a pesar de que el español de Supa era muy bueno considerando que era su segunda lengua (su español es sin duda mejor que el inglés de Mariátegui). Y ahora esto con la congresista de Tumbes. El mensaje de los discriminadores lingüísticos parece simple pero es un poco más complejo: no solo están diciendo que quien dice “haiga” o “vinistes” o “creo de que está bien”, no “sabe hablar” el castellano; están diciendo que esas personas son brutas, o mal instruidas, ignorantes, y no deberían ocupar cargos importantes: ese es en el fondo la utilidad de la jerarquía: mantener a cada quien en “su lugar”. Bueno pues, los peruanos hablamos peruano (y muchos peruanos hablan otras lenguas peruanas y muchos son bilingües e incluso políglotas en lenguas peruanas, incluyendo la lengua peruana de signos). Hay un notorio mal gusto en querer corregir las variantes dialectales de los demás, corrección que suele consistir en pedirles que hablen como uno, como si uno fuera la medida de la perfección. Mientras no venzamos esa discriminación, hay otras consecuencias de la jerarquización que jamás podremos solucionar, como por ejemplo, el hecho de que en el Perú a ningún gobierno ni entidad privada se le ocurra que se puede fundar una universidad que al menos parcialmente imparta sus cursos en lenguas aborígenes. ¿Por qué eso es una forma de discriminación lingüística? Porque parte de la idea de que el saber académico no puede transmitirse en lenguas “bajas” o “menores” o “atrasadas”, porque la intelectualdad está muy por encima del quechua o del aymara, etc. Y porque gracias a esa idea se perpetúa la prohibición de que un peruano que no hable español pueda obtener un grado universitario. Eso es una vergüenza. Y para acabar con esa vergüenza hay que empezar por acabar con estos pequeños gestos miserables que nos hacen despreciar pública y privadamente la manera en que hablan los demás.

Fuente: http://facebook.com/gfaveron1

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