La plaza de la gente sencilla

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Recuperar la Plaza de Armas para el uso de la gente sencilla y de a pie fue una tarea muy difícil. Primero costó persuadir a la clase política municipal de que es bueno tener el espacio más histórico y substancial de la ciudad libre del tráfico abusivo de autos, de sus humos y de los microsismos que ocasionan. Hasta entonces un hatajo de políticos estaba convencido de que era natural que los automóviles circularan en medio del precioso patrimonio cultural que la rodea, y que las evidencias de que ese tránsito afecta de manera grave las estructuras de los bellos monumentos arquitectónicos de Waqaypata eran solo palabras. Peor aún, buena parte de concejales consideraban a la Plaza de Armas del Cusco una rotonda degradada a la vulgar tarea de distribuir el tránsito en la ciudad.
Después vino lo más arduo: lograr que los ciudadanos del Cusco comprendieran que tienen derecho a la ciudad que, junto a poseer todos los servicios y facilidades de una urbe, comprende disfrutar de un entramado urbano que permita desarrollar todos los aspectos de una vida humana digna. Henri Lefebvre (1968) explica que el derecho a la ciudad implica recuperar para la gente -y desprivatizar- los espacios públicos, las plazas, los jardines y las áreas de vida natural que la rodean.
Felizmente en el imaginario social se viene convirtiendo en sentido común el cuidado de nuestro patrimonio cultural, pero para una buena parte de cusqueños todavía resulta arduo entender que vivimos en una ciudad patrimonio de la humanidad, diseñada hace cientos de años. Es obligación resguardar, proteger, rescatar nuestro Qosqo para hacerlo escenario de nuestra vida colectiva.
Sin embargo, existen también intereses poderosos a los que les importa poco la herencia cultural, el patrimonio, la arquitectura y la naturaleza. En sus conceptos desaliñados esas son solo chorradas que impiden el desarrollo, y no es mentira que su imaginario ha estado muy presente en el proceso urbano del Cusco que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, ha crecido de manera desordenada, desmedida y sin planificación. Esa progresión anticultura ha destruido sin rubor muchos vestigios históricos y el diseño precolombino de la preciosa campiña que rodeaba a la ciudad, además ha terminado por engendrar una mole urbana sin espacios públicos que garanticen una vida plena.
Frente a esas ideologías y prácticas anticultura la peatonalización es un avance importante, pero su implementación no ha sido correctamente planificada. No es posible cerrar la Plaza de Armas si no se reordena de manera profunda la circulación de automóviles en toda la ciudad y si no se compensa plenamente a las personas que se sienten afectadas por los cambios. La peatonalización es una parte de la reforma de toda la ciudad y del transporte urbano, que debe emprenderse sin demora. Es hora, por ejemplo, de implementar un sistema de tranvías, teleféricos, el metro del Cusco, y soterrar algunas vías.
Por otro lado, no debe ningunearse a los ciudadanos que no han visto bien la peatonalización. La falta de compensación por sus incomodidades, así como la ausencia de garantías para eliminar las restricciones que les impiden trasladarse en el centro de la ciudad, han sido mal comprendidas por algunos funcionarios, y han sido malvadamente aprovechadas por los representantes de los grupos de poder para intentar echar por la borda la recuperación de la ciudad. La Municipalidad del Cusco tiene que encontrar respuestas adecuadas para los vecinos descontentos, porque la peatonalización será de todos y todas o no será

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