El alcalde y el Huatanay

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Acompañado de rollizos funcionarios de su gobierno, a media mañana de jueves, Carlos Moscoso, finalmente, se bañó en un afluente del río Huatanay. Este acto fue una de las promesas que hace cuatro años le hicieron ganar las elecciones para la alcaldía. Y más que ser la anécdota de un político que se despide, es un hecho de simbolismo grave y un mensaje urgente: salvemos nuestro río.

El Huatanay, una bella serpiente de agua que se deslizaba alegre y limpia desde la médula del Cusco, la antigua Ciudad Puma, era adorado y cuidado por nuestros abuelos inkas. Bebían agua de él. Así fue la mayor parte de su existencia. Pero luego, de manera paulatina y desconsiderada, lo transformamos en uno de los más contaminados del Perú.

Hasta hace unas seis décadas el Huatanay era un rio vivo, alegre, tumultuoso, hogar de gaviotas, camaroncillos, challwas, pececitos, k’ayras, ranitas, mayupumas, miles de batracios que alegraban con su canto las noches de lluvia. Era posible pasar las tardes de los domingos en familia zambulléndose en sus aguas. ¡Ese era un río!

Hoy es la ruina triste de lo que fue. Desde la primera mitad del siglo XX, a causa del crecimiento urbano desordenado, bárbaro, descomedido, agresivo con las áreas naturales, fue cruel y gradualmente asesinado. Los pobladores de los nuevos barrios del Cusco multiplicaron sus desechos y sus desagües, y los sucesivos alcaldes los conectaron, todos, al río. Desde un punto de vista moral no es posible comprender la insania de echar los desechos, arrojar las lavazas, los orines, las boñigas cotidianas, a una fuente de agua limpia y natural. Pero es aún más incomprensible la manera cómo todos los gobernantes hicieron nada efectivo para prevenir y remediar esta situación.

Con la contaminación, los peces fueron torturados hasta la muerte. Las ranas sucumbieron por los desperdicios que envenenaron sus casitas húmedas. El canto de los sapos en primavera desapareció y las noches se convirtieron en los gemidos lúgubres, tristes y solitarios que son hoy las orillas del Huatanay. Las aves se fueron. Las pequeñas nutrias de río se murieron de hambre. No hay más río Huatanay. No hay más agua limpia. No más días felices en sus orillas.

Ese es el resultado de una civilización suicida, del mal encarnado en el comportamiento descuidado de cada uno de los ciudadanos. Pero es, sobretodo, la muestra del fracaso desastroso y continuado de todos los alcaldes y presidentes montados en el poder, que no supieron buscar salidas, establecer instituciones ni gestionar políticas públicas eficaces para el cuidado del medioambiente y de nuestro río.

Debemos terminar con aquel régimen del absurdo que, deseando la muerte de todos, contaminan, destruyen, descuidan la casa de todos. Ya va siendo hora urgente de que nosotros, el pueblo, mandemos diciendo: “Que nuestro derecho a un medioambiente sano y equilibrado se respete. Que se establezca una institución autónoma, fuerte, con suficiente financiamiento y proyectos inteligentes para la recuperación del Huatanay, para defender y regresar a la vida a todos los ríos del Cusco, a todos los ríos del mundo”.

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