Diego Trelles: “No soy un escritor que se va al exilio y se olvida de su patria”

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Escribe: Bryan Paredes Anticona

Es una mañana gris de julio, muy limeña, más fría de lo habitual por la garúa que cae sobre la ciudad. Diego Trelles Paznos recibe en su casa para hablar de su última novela, La procesión infinita (Anagrama, 2017), finalista del Premio Herralde en el que participaron 512 manuscritos. Su libro, la segunda parte de la trilogía iniciada por Bioy (Planeta, 2012), contiene varias historias con las que reflexiona sobre la dictadura de Alberto Fujimori, un periodo “que se terminó, pero no se fue”, como el cielo gris que siempre regresa para envolver Lima.

En una carta, Oriana Fallaci decía que para tener un libro bastaba con abrir los ojos y los oídos. En tu novela, se ve y escucha lo que sucede en las calles de Lima. ¿Cómo ha sido tu experiencia retratando esta forma de “metáfora del caos”?

La procesión infinita es un título que alude a la dictadura fujimorista que, para mí, sigue presente más que simbólicamente. Los ecos de este estado de las cosas en el Perú, que hizo toda una generación, una forma de pensar, una idiosincrasia aún presente en el país, se ve reflejado en los sucesos de la novela. Es un libro que veo cercano a un duelo que es casi una melancolía, pensando lo que decía Freud. Muchos de nosotros no debemos ni podemos dejar pasar esta muerte del Perú que significaron estos diez años de dictadura. Yo viví mi infancia y adolescencia bajo la dictadura. Y ahora que resido en París, desde hace cuatro años, esta violencia desenfrenada, irracional, que puede aparecer en cualquier momento, de una manera que aún no logro comprender, me vuelve a abrazar. Esto es lo que llamo el “olor del miedo”.

Varias reseñas mencionan que hay mucho de Vargas Llosa y Roberto Bolaño en tu libro. Sin embargo, en las narraciones del encuentro de Pocho Tenebroso y el Chato, ¿no te parece que hay mucho de El escarabajo y el hombre de Oswaldo Reynoso?

Para mí, Oswaldo Reynoso es un escritor fundamental. La novela está dedicada a él, Miguel Gutiérrez y Enrique Fierro. Hay algo en la forma que Oswaldo retrata Lima, y en el lenguaje de sus personajes, que está entre la jerga más corrosiva, graciosa y humorística con esta poesía que aflora en sus personajes y la forma en que los retrató e hizo hablar. El libro que mencionas, junto a Los inocentes, es el más importante, el que más me gustó, el más experimental de Oswaldo. Es cierto que está Oswaldo, pero también hay otros escritores, como Rafael Bernal, Jorge Ibargüengoitia, Vicente Leñero, en Pochito Tenebroso, porque él va reformulando, a su manera un lenguaje, que es muy actual. Me interesaba la idea de crear un lenguaje sobre la base de una jerga peruana más lumpen, con un poco de francés, inglés y su cosecha propia que es la deformación del lenguaje.

La relación de tu novela con Piglia va con la teoría de las dos historias, la superficial y la oculta, la no dicha. El mismo “Chato” lo reconoce así cuando escucha la versión que le da Francisco sobre el “incidente” ocurrido en Berlín. ¿Qué tanto gana un historia cuando se deja de decir algo?

Mucho. Yo creo que la teoría de Piglia es muy didáctica, útil, profunda para los escritores que escriben cuentos, pero también, en general, para la narración. La procesión infinita sí está estructurado bajo ese precepto, porque hay dos historias y una conversación en París que asemeja un poco al Zavalita-Ambrosio de Conversación en La Catedral. Y hay una historia subterránea que sobre el final se va a develar. La frase del Chato es una especie de homenaje, un parafraseo a esa terìa. Porque Piglia también es un autor muy importante en la novela y en general en toda mi obra.

La mayoría de los personajes están tocados por la historia política del país con la dictadura de Alberto Fujimori. ¿Con un congreso fujimorista, una agenda mediática trazada por los hermanos Fujimori y el pedido de indulto al exdictador, un gobierno tímido, se podría decir que la “dictadura se terminó pero no se fue”?

Hemos recuperado, hace 17 años, la democracia y hay momentos en que uno tiene la misma sensación de lo que ocurría entonces. Estos personajes que reflexionan sobre la dictadura caída, que luego viajan y salen, que son el Chato y Francisco, de alguna manera representan esos dos polos del Perú actual. El Chato es el escritor progresista, humanista, que cree que las cosas pueden cambiar en el Perú, que sus libros sirven para algo (risas) y Francisco, que es el otro polo más pragmático, empresarial, más de borrón y cuenta nueva. Ellos dos son amigos. Y son amigos que se quieren mucho. Y eso para mí era una metáfora del Perú de ahora.

¿No es una literatura comprometida?
Yo quiero que algo quede claro. Mis novelas, ni Bioy ni esta, intentan la lógica del bienpensante. Cuando dices que la violencia afecta a todos los personajes, es cierto. Porque a mí no me interesa, en absoluto, decirle al lector cómo debe pensar, por quién debe votar o no. Yo como escritor tenga una forma de plasmar las cosas, de acercarme al fenómeno que intenta más bien mostrar como una cámara de cine.

¿En este momento cómo sientes que va tu carrera como autor?

Siento que sido una carrera ascendente, intentando siempre la honestidad, dándome mi tiempo, respetando la bibliografía, siendo muy autocrítico, un poco obsesivo a la hora de escribir y dejándolo todo. Entendiendo, además, ciertos códigos del aprendizaje de Enrique Fierro, Miguel Gutiérrez y Oswaldo Reynoso. Ellos siempre me decían pon por delante la literatura, el resto no es importante: no existe. Que salgas en los diarios, bien; si no sales, qué importa. Lo más importante es que hagas un buen libro. Pasé de ser un chiquillo que jugaba en la calle, en Magdalena, que no se formó como ratón de biblioteca pero que tenía el germen de esta enfermedad de la literatura, que va creciendo: te cortas las piernas o sigues; estás enfermo todo el tiempo. Yo decidí que quería seguir.

¿Qué viene después de La procesión infinita?

El cierre de la trilogía sobre la violencia política. No sé si antes publique otra cosa que no tiene que ver con la trilogía. Pero viene el broche de oro. La nueva novela será de largo aliento, más extensa que esta. Pero lo que te diga finalmente termina siendo lo que menos esperaba.

Escribiste que te fuiste a París a escribir. A pesar de que la “fiesta se terminó”, por decirlo en algún modo a lo Hemingway, ¿qué te dio la ciudad francesa que no encontraste en Lima?

Llegué a París cuando todo el mundo ya estaba en otra, cuando la fiesta había terminado. París me da la distancia que a veces necesito para reflexionar sobre estas cosas y el tiempo que probablemente no tendría si trabajara como profesor en la universidad. No soy un escritor que se va al exilio y se olvida de su patria y desaparece. Lamentablemente no soy eso, sería más sano. El Perú me marca mucho incluso desde fuera. No es la nostalgia. No es el típico peruano que no puede vivir sin su cebichito, su cerveza y su pisco. Va con lo que sienten los personajes de esta novela. El duelo no resuelto es la sensación de que las cosas, para todo lo que nos pasó, podrían estar mejor y que hay que reflexionar y hablar sobre eso. No hay que callarse. No creo que París sea un lugar para escribir. Si me quedara en Lima, igual escribiría. Pero Parìs me da cierta comodidad para plantear novelas que no necesariamente son lineales, como Bioy y La procesión infinita.

(Columna del autor aparecida en diario correo. 30/07/2017)

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