¿Celebrar el bicentenario?

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Este fin de semana el presidente, los ministros, y funcionarios anunciaron, orondos, en varias ciudades, el inicio de la celebración del bicentenario de la independencia del Perú. Pero, viendo cómo ha sido una y otra vez pisoteada, engañada, saqueada esta patria hermosa, por aquellos mismos mofletudos, hay que preguntarse si hay algo que celebrar.

El Estado peruano, sus instituciones, los pateres populi, lejos de ser el ejemplo en el que se miren orgullosos los ciudadanos, por el contrario, han manchado de deshonor, corrupción y delito a la República. La lideresa del partido que tiene el control del Congreso está recluida en prisión, por delitos de blanqueo de dinero, y al parecer le seguirán varios miembros de la cúpula de su partido. Los últimos presidentes de la República, Toledo, García, Humala y Kuczynski enfrentan juicios penales por haberse corrompido recibiendo millones de Odebrecht a cambio de favores en las adjudicaciones de obras públicas. El presidente Vizcarra puede correr el mismo destino si se evidencia que favoreció a la empresa que debía construir –“con corrupción o sin corrupción”- el aeropuerto de Chinchero. El Congreso de la República, en su mayoría, es el más mediocre y repudiado de nuestra historia, y el Poder Judicial resuma de putrefacción.

Los presidentes de los recientes gobiernos regionales del Cusco han sido incluidos en el informe, muy benevolente, sobre el caso Lava Jato. Uno de ellos está en prisión, otro ya salió en libertad después de seis años de presidio, y es muy probable que el actual gobernador termine junto a sus socios en la cárcel si es que los fiscales pueden (¿quieren?) comprobar que favoreció con el pago de 90 millones de soles a la empresa que no terminó de construir el “Hospital de los Pobres” (Lorena).

Y de los municipios ni hablar, buena parte de los ediles apestan de dinero mal habido, de obras insulsas y escasas, además de ser los cómplices pequeños de los tiburones gordos que nadan en las alturas del poder.

Esta situación de fracaso de la República se inicia hace 200 años con la traición a la independencia, cometida por los asentados en el poder centralista. Nosotros, la gente sencilla del Perú, al contrario de ellos, luchamos de manera consecuente, a lo largo del siglo XVIII, contra la opresión colonial. Pero vencidas las insurrecciones de nuestros padres, y ahogada en sangre la revolución cusqueña de 1814, ya no pudimos fundar un nuevo país, incluyente de todas las identidades nacionales. Así, el panorama se abrió a la acción de un solo grupo social poderoso: la aristocracia criolla. Son las corruptelas de esa casta sin patria, de esos poderosos sin ley, de los dueños sin alma del Perú, las que han causado el fracaso de la República.

Sin embargo, la esperanza de nuestro renacimiento no ha muerto. Debe refundarse el Perú desde sus hondas cenizas y volar como un cóndor encendido hacia el futuro. Ese renacer está en la recuperación de nuestra historia, de nuestro más puro pasado precolombino e indio. Porque, como proclamaba Uriel García: “Cuando el indio sea realmente nuevo indio tendrá aptitud redentora, (…) y el ‘problema del indio’ será, así para la masa como para las generaciones jóvenes urgidas de solucionarlo, un estado de rebelión o no será nada”.

Nuestra esperanza está en la insurrección de la libertad, de los derechos, de la identidad cultural, porque “el espíritu neoindiano será fruto de una rebelión interior como de una rebelión contra las fuerzas externas que mantienen el pasado”.

Actividad imprescindible de nuestra redención es luchar contra el caciquismo constitucional del centralismo. Porque nuestro regionalismo es voluntad indiana de creación nacional. Es una fuerza defensiva de la historia peruana. Los impulsos creadores de cada zona histórica deben ser incrementados y ser dotados de autonomía. “La aldea, la provincia y la ciudad cada cual que cumpla su papel, como así lo mandan los Andes formidables” (El Nuevo Indio, 1937).

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